Prólogo: Los fantasmas de Daehak-ro
Prólogo que abre Los fantasmas de Daehak-ro (2026), traducido del coreano. Hace las veces de nota del autor y de presentación del autor.
Era un estudiante de primero de Empresariales que esperaba el resultado de una audición para un grupo de música cuando vi un anuncio: una startup buscaba miembros fundadores. Me presenté sin pensarlo y en unas semanas ya teníamos negocio. El estudiante de tercero con quien la fundé, al que llamaré Y, era el capitalismo encarnado. Su talento para arrastrar a la gente y para resolver problemas era de otra dimensión, de los que no vienen en los libros. Antes de seis meses llegó una oferta de compra; yo me opuse a la venta y me fui por mi cuenta.
Ya solo, monté un segundo negocio que fracasó estrepitosamente. Encerrado en la biblioteca, mientras pensaba la estrategia inicial de un tercer proyecto, puse en práctica lo que había aprendido de Y. Fui a ver en persona al público objetivo y usé mis contactos para conseguir clientes que en la práctica eran inalcanzables. Poco después de fundar una empresa llamada R4R, salí en el programa de entrevistas en directo más comentado del momento, presentado como «el director general adolescente».
A la mañana siguiente empezaron a pasar cosas absurdas. Que me pidieran autógrafos en el metro camino de clase, que me volviera famoso en el campus de la noche a la mañana, que un estudiante de primero empezara a dar conferencias: eso no era nada. Me invitaron a una reunión secreta de presidentes y altos directivos de empresas que todo el mundo conocía. Me pareció demasiado y lo rechacé, y luego pensé que Y nunca habría dejado escapar una oportunidad así.
Me codeé con personas que solo había visto en la prensa económica. Les gustaba el descaro de un chaval como yo. Después recibí varias veces ofertas que no se podían rechazar. Era la ocasión perfecta para superar a Y, que había vendido su empresa y era directivo de una compañía cotizada. Pero decidí cambiar el rumbo de mi vida. Cerré el negocio y me fui a recorrer el país diciendo que iba a escribir. De vuelta como estudiante, di clases de inglés y matemáticas, me declaré anarquista, aplacé el servicio militar hasta el último momento y al final me incorporé como oficial.
El primer día que me presenté como jefe de sección, murió un soldado de mi sección al que ni siquiera había llegado a saludar. Pasando una inspección conjunta de cinco departamentos, me adapté al ejército varias veces más rápido que mis compañeros de promoción. Fui jefe de compañía antes de ascender a teniente, y en unas maniobras conjuntas entre Corea y Estados Unidos dirigí desde un búnker subterráneo el abastecimiento de todo el frente occidental. En las borracheras con los generales, observándolos, tuve una extraña sensación de déjà vu. Tenían mucho en común con los miembros de aquella reunión secreta.
Después me destinaron a la retaguardia como oficial de estado mayor de operaciones, y me licencié. Tras ponerme el uniforme que había jurado no vestir jamás, me esperaba ahora la vida de oficina que había jurado no llevar jamás. Estaba escribiendo una carta de presentación cuando me llamaron a provincias. Era el día de mi vigésimo octavo cumpleaños. El presidente de una empresa mediana, que siempre me había tenido aprecio, me presentó un plan detallado y me pidió que fuera consejero delegado, una oferta difícil de rechazar. El corazón me latía con fuerza, pero intuí que era un cáliz envenenado.
Después de pensarlo mucho, la rechacé, hice entrevistas en alimentación, cine, videojuegos, portales de internet y todo tipo de sectores, y decidí entrar en el equipo de planificación estratégica de una constructora. Pero durante la formación, recorriendo el país, confirmé una vez más que la vida de oficina no iba conmigo en absoluto. Comuniqué que renunciaba al puesto. Bebiendo con unos conocidos, acordamos con entusiasmo montar una empresa, y cuando se me pasó la euforia me di cuenta de que ninguno tenía experiencia real en informática. A los pocos días les dije que volveríamos a hablar cuando cada uno estuviera preparado.
Igual que en la universidad me había ido a recorrer el país, esta vez me fui al extranjero. Me gasté lo que había reunido en dietas de entrevistas en una isla tranquila cerca de Pattaya, y estaba tomándome un cóctel cuando me llamó el departamento de personal de un portal de internet. Había superado la última fase, pero como no fui al reconocimiento médico me habían dado por retirado; ¿no podía reconsiderarlo? Un momento, pensé: si entro en un portal, puedo ganar experiencia en informática. Me espabilé de golpe.
De vuelta en Corea, me reuní con el jefe de personal en un bar de Yeoksam-dong. Le dije que pensaba ser oficinista solo tres años, y que entraría si antes de ese plazo me hacía jefe de equipo. En una gran empresa, con tres años de antigüedad, con suerte eres ayudante de jefe de sección, pero el jefe de personal prometió aceptar mi descarada condición. Entré en el sector informático con menos de la mitad del sueldo que me ofrecía la constructora. Después el jefe de personal me cuidó de forma especial, pero claro, mi vida no iba a ser tan sencilla. A los dos meses de entrar, más o menos, el jefe de personal se fue de la empresa.
Aun así, de un modo u otro, a los tres años me cambié de empresa y fui jefe de equipo. En la entrevista de salida me hicieron una oferta extraordinaria, pero no podía cambiar de decisión. Fui oficinista dos años más, luego trabajé por mi cuenta, fundé una startup de informática y, por diversas circunstancias, me retiré. Lo conté brevemente en mi primera novela, Juana de Arco de Goody. Cuando estaban en marcha las conversaciones de fusión con un unicornio que todo el mundo conoce, volví a recibir una oferta difícil de rechazar, pero ya había agotado toda mi energía.
Hice un pódcast, di charlas en empresas e instituciones cuando podía y hasta impartí en una universidad una asignatura llamada Estrategias para emprender con éxito. Casi siempre elegía trabajos que costaban mucho esfuerzo y daban poco dinero. Uno de ellos fue una novela web, publicada por entregas de pago en Munpia y Naver, sobre tres protagonistas que pasan por una academia fundada por un personaje llamado el Maestro y se hacen con la política, la economía y el crimen organizado de Corea. Hasta el final solo sumó unas 5.500 hojas de manuscrito, es decir, no dio mucho dinero.
Luego mi primera novela ganó un premio literario, me hice escritor a tiempo completo y pasé por el periodo que llamo la «marcha creativa». Durante dos años me dediqué solo a escribir ocho novelas. Esta es la sexta que escribí en ese tiempo. Venía de pasarlo muy mal rematando el primer borrador de Rey Arturo, la campeona colegiala, en el que llevé a la protagonista al límite y la hice soportar toda clase de pruebas. Por fin iba a escribir un género que me gusta, y estaba lleno de ganas.
Pero cuando me puse a escribir, las historias que llevaba años pensando estaban enredadas como las enredaderas de Mansusan del viejo poema, y tardaron mucho en desenredarse. Después de la dura corrección del libro anterior, fui a Yeosu a despejarme (por eso Yeosu aparece un momento en la novela). Aprovechando una salida a la peluquería, cosa rara en mí, me paré en un café del centro comercial La Festa y resumí la sinopsis en una sola hoja A4. Aquel día escribí en mi diario: «¡Todo listo en una hora, tanto quebradero de cabeza para nada!!!»
Pero claro, no iba a ser tan sencillo. El libro anterior, que me costó durante toda la escritura, lo saqué adelante a una media de 47 hojas al día; con Los fantasmas de Daehak-ro, incluso 20 se me hacían cuesta arriba. Fue tan duro que sin la rutina quizá lo habría dejado a medias. Al terminar el borrador miré las estadísticas: era el ritmo más lento de todas mis novelas. Entonces no sabía por qué, pero ahora creo entenderlo. Tenía que evitar repetir lo que ya había contado en la novela web. Y, sobre todo, por la autocensura.
No quiero decir «miren qué currículum tan variado tengo». Me he extendido para explicar que lo que vi y viví en persona es la base de este libro. Desde que en primero de carrera me fui a recorrer el país, cada vez que tuve que aguantar toda clase de pruebas y humillaciones, cada vez que rechacé una oferta contraria a mis convicciones, cada vez que necesité valor, me tragué siempre las mismas palabras: ¡algún día escribiré una novela con esta emoción, esta sensación, esta situación!
Mi experiencia, es decir, las ofertas que recibí, los proyectos que llevé a cabo en secreto y los poderosos con los que pasé tiempo, puede reflejarse en parte en las páginas que siguen, pero todo es invención. Si acaso, es una versión suavizada. Cada vez que un poderoso me hacía una gran oferta, había a su alrededor unas figuras como fantasmas. Todos tenían algún hilo con la política, y ni mirando su tarjeta quedaba claro a qué se dedicaban. Cuando los empresarios me presentaban una visión, ellos hablaban de «puestos». Esta novela es el testimonio de un testigo de esa gente.
Las dos únicas personas que leen mis primeros borradores, mi madre y mi hermana, dijeron que de todo lo que he escrito esta es la obra más entretenida. No tiene alegorías ni retuerce la cronología, algo raro en mis novelas. Ojalá disfruten de la lectura.
Se acerca la estación que peor llevo, porque no aguanto el calor. Este verano pienso volver a empezar la marcha creativa.
Gimpo, junio de 2026.