Nota del autor: Rey Arturo, la campeona colegiala
Nota del autor publicada al final de Rey Arturo, la campeona colegiala (2023), traducida del coreano. Habla de la trama y puede desvelar el final.
Hasta el verano pasado viví lo que llamo mi «marcha creativa»: durante dos años, breves o largos según se mire, me dediqué exclusivamente a escribir novelas. Esta es la sexta que escribí en ese periodo. Mientras la escribía, la historia me atrapó por completo.
Aunque el título lleve una palabra tan alegre como «colegiala», buena parte del contenido es pesado y oscuro. Aun así, con la esperanza de que el lector pase las páginas deprisa, la escribí más rápido que nunca: durante quince días, una media de 47 hojas de manuscrito al día. Cumpliendo mi rutina de estiramientos, pesas, carrera y piano, me dediqué solo a este texto.
«Reflexión sobre la mejor venganza posible para una colegiala que no sabe hacer otra cosa que boxear». Es el resumen de una línea que anoté en Excel al terminar de corregir. Si lo acorto más, sería «la lucha de una chica hundida en la desesperación». Al releer el manuscrito para corregirlo antes de publicarlo, pensé que también podía definirse con dos palabras coreanas que solo se distinguen por una letra: angapeum y anggapeum. La primera significa devolver a los padres el cuidado recibido; la segunda, la venganza.
Seo-a nació el 2 de julio de 2003. La historia empieza con el episodio que explica por qué se juntan estas tres palabras, colegiala, campeona y Rey Arturo, y sigue en un tono bastante luminoso. Ella empieza a boxear por casualidad y en primero de bachillerato se proclama campeona de Corea de boxeo amateur. Pero enseguida ocurre algo que una adolescente no puede soportar sola.
Como quería tanto a la madre que la había criado sola, Seo-a no pudo evitar morder el anzuelo que le lanzó el padre de Somi. Es decir, el amor filial con el que quería devolverle a su madre lo recibido fue precisamente lo que la empujó al abismo. «¿Pero qué hizo mal ella?». No hay pregunta más cruel y grosera para alguien que ha caído en la desgracia.
A corto plazo, el mundo no funciona como una trama bien construida. La desgracia parece caer solo sobre los débiles, y los malvados rara vez son juzgados. Desde que apareció la mecánica cuántica se temió que la causalidad quedara abolida. Pero, aunque su cotización haya bajado un poco, la causalidad sigue vigente.
Por otro lado, nuestra civilización ha podido avanzar tanto también gracias a revolucionarios que se rebelaron contra la causalidad de la naturaleza. Willis Carrier, que se resistió a la ley evidente de que en verano el sol está más alto y sube la temperatura, inventó el aire acondicionado y salvó a la humanidad que vive en las regiones calurosas.
Mi papel para que esta novela se convirtiera en libro fue escribir en un procesador de textos. Desde la edición y el diseño de cubierta hasta que los datos digitales se convierten en letra impresa y ocupan su sitio en la librería, hizo falta la ayuda de muchísimas personas, empezando por la editorial y la imprenta.
A Seo-a, hundida en un mundo de incertidumbre, le pasó lo mismo. No podía hacer nada sola. Entonces aparecen quienes la ayudan: el director del gimnasio Jang Myeong-pal, al que llama «abuelo», un abogado con poco pelo, la hermana Hwaseon y sus compañeras de celda, la tía Yeongsin, la hermana Miran, una funcionaria de prisiones y muchas otras personas.
Es una estructura en la que desde el principio se intuye por dónde irá la historia. Primero, el villano principal, el padre de Somi, provoca el mayor conflicto de la novela. Muchos lectores habrán pasado las páginas esperando la venganza ardiente y liberadora de Seo-a contra él. La palabra «venganza» aparece casi veinte veces en el libro.
Entre los objetivos de la venganza están también la hermana Jiyeong, a la que conoce en el centro de detención y con la que mantiene una enemistad tenaz, y su banda. Seo-a se venga de Jiyeong con sus propias manos. Para alguien tan tímida fue una venganza bastante brutal, pero puede que al lector le supiera a poco.
El Éxodo, uno de los grandes episodios de la Torá, ha influido en innumerables obras. Seguramente ya existían estructuras parecidas antes. La historia de un protagonista que deja el lugar donde está en busca de una tierra ideal, de un valor esencial, y crece a través de toda clase de pruebas no nos resulta extraña. Solo después de terminarla me di cuenta de que la lucha de Seo-a se parece a esa estructura.
El libro del Éxodo cuenta cómo el pueblo judío, esclavo en Egipto, abandona esa tierra rumbo a la tierra prometida. Lo que más impresiona son las plagas que Dios envía a Egipto y el milagro de abrir el mar Rojo. Es una historia tan intensa como una película, pero lo que viene después desespera. Dios los liberó sirviéndose incluso del faraón, y los alimentó en el desierto con el pan de cada día, las codornices y el maná, pero los judíos vacilaban una y otra vez y dudaban de Dios.
Aarón, hermano y ayudante de Moisés, fabrica el becerro de oro tal como le pide el pueblo. Las masas angustiadas se dejan arrastrar por la fuerza. Por eso siguen a líderes carismáticos que prometen abundancia desbordante y venganzas implacables. Pero quien dice a menudo lo que la gente quiere oír tiene muchas probabilidades de ser, en realidad, un populista cobarde e incompetente. Y quien se deja seducir por esas palabras se convierte fácilmente en fascista.
Volviendo a la novela, el lector habrá esperado que Seo-a, una vez en la cárcel, saliera al mundo y se vengara de forma espectacular. Pero, contra lo esperado, la vida en prisión se alarga. Sé que a mucha gente no le gustan las historias en las que el protagonista sufre, pero Seo-a necesitaba un tiempo de temple.
Como el pueblo judío del Éxodo, en la Biblia aparecen a menudo personas que atraviesan el desierto, por voluntad propia o ajena. El desierto es el espacio de la muerte. Allí, donde casi nada se puede hacer solo, comprenden que no son nada. El ser humano moderno también conoce el desierto. En cuanto deja el refugio de la familia o de la empresa, entra en él y se enfrenta a pruebas durísimas.
Solo al terminar ese temple llega la comprensión. Uno renace. Sabe qué es lo esencial y qué importa, qué debe soltar y qué debe llenar. Quien ha vencido al desierto es firme y sereno. También Buda, al dejar su casa, se enfrentó al desierto del mundo fuera del palacio y, renunciando al deseo por medio de la ascesis, alcanzó la gran iluminación. Solo la oruga a rayas que se enfrenta al miedo, teje su capullo, muere dentro y renace puede volar convertida en mariposa.
Tengo que hablar del final. La mejor venganza que Seo-a pudo imaginar fue el perdón, que quizá a alguno le parezca decepcionante. Muchos pensarán que es más liberador el castigo por cuenta propia, como el que la tía Yeongsin infligió al enemigo de su hijo. La venganza de Seo-a se completa cuando se cumplen las palabras de la tía Yeongsin, con quien ha llegado a compartir destino, y sigue en curso. Seo-a seguirá ganando.
Algunas editoriales me propusieron publicarla cambiando parte del contenido. Decían que así sería más fácil adaptarla al cine o la televisión, y reconozco que me tentó. Pero no la convertí en una historia deportiva de adolescente impetuosa que se venga a lo grande. Doy las gracias a Munhak Segyesa por permitir que saliera un libro que contiene intacta la «reflexión sobre la mejor venganza».
La pieza para piano «Fairytale», que empecé a practicar antes de escribir la historia de Seo-a, era tan lenta que a alguien impaciente como yo le resultaba exasperante. Tampoco tenía el ambiente de la novela. Pero me ayudó a escribir con calma. Todavía la toco todos los días.
Pasé quince días con Seo-a, frágil y buena, y sentí sus emociones tal cual. Reí, lloré y sufrí con ella. Como me sumergí tan a fondo, me costó salir de lo que ella sentía.
La interpretación de personajes como el abogado, el señor Sang-gu o las compañeras del centro de detención la dejo en manos del lector. Tengo curiosidad por saber qué pensarán de ellos.
Hubo una época en que no creía en lo que escribía. Cada vez que la ansiedad y la depresión amenazaban con tragarme, salía a correr al parque del lago. Corría hasta que tenía el cuerpo empapado de sudor y el corazón a punto de estallar. Entonces me volvían las fuerzas para escribir. Muchas veces corría escuchando «Del sol a un muchacho», una canción de Shin Hae-chul.
Me gustaba su música desde niño, y de adulto llegué a querer a Shin Hae-chul como persona. En su lápida está grabada la letra de una canción que para mí es una joya.
«Promesa, entrega, destino, eternidad y amor. Todavía creo en estas palabras. Para siempre.»
Seo-a cumplió su promesa a Aeseul. Se entregó por su madre. El boxeo, que empezó por casualidad, se convirtió en su destino. Recibió la ayuda de alguien que cree en la eternidad y encontró una nueva familia. Lo que lo abarca todo, al final, es el amor.
A largo plazo, creo que en el mundo todavía actúa la causalidad.