Nota del autor: Juana de Arco de Goody
Nota del autor publicada al final de Juana de Arco de Goody (2019), traducida del coreano. Habla de la trama y puede desvelar el final.
Cuando quiero despejarme, suelo ver documentales de naturaleza. Los grandes felinos van a por los más jóvenes y débiles de una manada de herbívoros. El cazador especializado en presas veloces como la gacela de Thomson es el guepardo. Cuando empieza una caza, esprinta más rápido que los coches de la autopista. Diez segundos y poco más, como mucho; si corre más tiempo, el esfuerzo puede matarlo de un fallo del corazón.
Un día, después de dejar de ser asalariado y mientras preparaba otra empresa, noté que algo andaba mal en mi cuerpo. Sentía opresión en el pecho y no podía tragar saliva. Al final llegué a temer que moriría porque no podía respirar. Se lo pregunté a un amigo médico y me dijo que era el estrés, y que a él le pasaba lo mismo. Hay muchos trabajadores de la informática que sufren el síndrome de burnout, muchos famosos que hablan de trastorno de pánico y muchos empresarios que viven pegados al alcohol y al tabaco por el hwabyeong, la enfermedad de la rabia contenida.
Empezamos a competir nada más nacer. A los pocos meses hay que darse la vuelta solo, y hay que aprender el hangul antes que el bebé de al lado. La jerarquía de las universidades, recitada con el compás de cuatro tiempos de un sijo clásico, Seo-Go-Yeon, Seo-Seong-Han, Jung-Gyeong-Oe-Si, Geon-Dong-Hong, es el clímax de esa competición. Quienes salen del infierno de los exámenes de ingreso, educados con el mismo molde, deben ahora demostrar su creatividad. Hacen cola en las entrevistas para subir a la cinta transportadora de los grandes conglomerados. Tienen que entrar en una empresa mejor que la de sus compañeros de carrera y subir de sueldo y de cargo más rápido que los que entraron con ellos. Si vives así el tiempo suficiente, el cuerpo se resiente.
Los trabajadores que van al médico por problemas digestivos, dolores de cabeza o alergias ya conocen el diagnóstico y la receta. Es una enfermedad causada por el estrés, así que hay que descansar y llevar una vida ordenada. Pero el descanso y la vida ordenada son, ambos, imposibles. Para pagar los plazos del piso, la tarjeta de crédito, los estudios de los hijos y los seguros, no puedes dejar de esprintar. Si abandonas la carrera, se acabó. Corres y corres hasta que ves la nuca de la gacela, y entonces los leones o la manada de hienas se acercan despacio.
Por todas partes se repite que la Cuarta Revolución Industrial cambiará nuestro futuro. No hay tiempo para discutir las lecciones de las tres primeras. Prisa, prisa. Hay que hacer una reseña rápida del servicio que Silicon Valley lanzó ayer y tomar como referencia los makerspaces de Shenzhen. Si no aceleras te quedas atrás, y si te quedas atrás, se acabó. Los empleados viven a base de pastillas, y los jefes que los apremian están en tratamiento por trastorno de pánico. Te duele, así que eres un paciente. Todos somos pacientes.
Los trabajadores que levantaron la industria de los semiconductores cayeron enfermos de leucemia. Antes incluso del tercer aniversario del accidente de la estación de Guui, que nos partió el corazón a todos, un trabajador de una subcontrata que instalaba un ascensor murió en una caída. Si no logras subir a la cinta transportadora de las grandes empresas y los contratos fijos, o te caes de ella, tienes que vivir del riesgo que te subcontratan. Ahora que somos más ricos que nunca en cinco mil años de historia, ¿vivimos bien de verdad? Cuando pasen la cuarta y la quinta revolución industrial, ¿habrá más gente feliz? ¿Es seguro un coche que solo tiene acelerador?
Fue a finales de agosto del año pasado, un día en que por fin había remitido la ola de calor que convirtió la península en una sauna. En la planta baja de un edificio de oficinas-vivienda cerca de la estación de Baekseok, después de que pasara un tifón, conocí a Saian. Miraba la lluvia torrencial con ojos de herbívoro. Me contó cómo se había caído de la cinta transportadora. Había cosas que ni siquiera caben en este libro. Me prometí poner por escrito su tristeza y su dolor.
En el ejército me encargué de inteligencia y operaciones, y trabajé en portales de internet, en una agencia de medios y en startups. Expresar a las personas en números y estandarizarlas era para mí el pan de cada día. Pero los números y las estadísticas también pueden convertir a las personas en otros y despojarlas de su humanidad. La estandarización casi siempre perjudica a los débiles. Cuando se toma una decisión que acarrea la desgracia y la ruina de unos pocos, sirve también de placebo que diluye la culpa de los gobernantes.
Hace cinco años, en primavera, me hundí en una tristeza profunda al ver la catástrofe que ocurrió en el mar. Lloré en voz alta durante días. Vi a gente incapaz de compartir el dolor ajeno, gente que incluso se burlaba. Junto a la ira me invadió un vacío enorme. Y decidí, empezando por mí mismo, salir de la larga inercia de una vida orientada al éxito, optimizada para el sistema operativo llamado capitalismo. Volví a escribir, algo que había dejado hacía mucho. Quise hablar de nombres de personas en lugar de números, de amor y solidaridad en lugar de estandarización.
Salir de una inercia tan larga fue difícil, y todavía lo es. Una vida fuera de la norma obliga a aceptar la inquietud. El insomnio de siempre seguirá ahí. Puede que la culpa y la impotencia me atormenten más de lo que me alegra crear. Pero cambiar la dirección y la velocidad de mi vida fue de verdad lo mejor que pude hacer, y estoy satisfecho. Ya no necesito competir con nadie ni compararme con nadie.
Me gustaría que este libro lo leyeran sobre todo los débiles, los trabajadores temporales, la gente de la informática, las mujeres. Ojalá les sirva de pequeño consuelo. Estoy preparando una historia sobre gente un poco más dura. Espero que la próxima vez que escriba una nota del autor no me cueste tanto como esta.